Disecciones: Verdad Publicado por innuendo
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6:45 p. m.
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Siempre he pensado, y así se me ha ido manifestando con diversos discos, que toda música buena tiene su momento. Quito lo de “buena”, toda música tiene su momento. Me pasó con la clásica, con el jazz en general, con el flamenco. Que no los tragaba, o me ponía alguna pieza pero no me convencía y me pasaba el tiempo sin volverla a escuchar. Me sucedió con artistas como los Doors, Love of Lesbian, Sabina, y muchos más, y ahora con Miles. Podían ser todo lo buenos que quisieran, me los recomendaron a rabiar, yo misma los probé, pero no era mi momento, no captaba lo que tenían que decirme.
Decían de Miles Davis que fue un revolucionario del jazz. Toma ya. Pero a mí me patinaba todo lo que hizo. Sin ir más lejos, el sonido de la trompeta ya de entrada no me gusta. Reconozco que no empecé bien con su Bitches Brew, estratosférica oda al caos y desorden rítmico, una obra que no hay por dónde cogerla. Pero como era un delito no tener su Kind of Blue, el disco más vendido en la historia del jazz, el mejor valorado, el más importante, un antes y un después… Total, que me lo compré (muy raro en mí eso de comprar discos…), me lo puse, y… me quedé como estaba. Nada, no me aportaba nada. Cada vez que lo escuchaba, iba entrando mejor, pero no penetró en mí hasta anoche, porque fue anoche cuando se convirtió en necesario, especial. Estaba en tal estado de susceptibilidad que más que beber, absorbí el disco entero. Y no fue mi disco legalmente adquirido reproduciéndose, sino el que me llegaba por las ondas del Bulevar del Jazz, y solté una carcajada cuando mi buen amigo Javier Domínguez dijo eso de – qué hijo de puta -, y en su voz, con su experiencia jazzística, ese calificativo sonó a un – qué grande eres – que colmaba la boca. Sí, señor, qué grandísimo hijo de puta el Miles Davis, por hacer lo que hizo. Una bestial reproducción de lo que puede ser la vida en un día cualquiera, tanto para el día fatigoso, decepcionante, para el mierda de día que nada sale bien, para calmar los ánimos, para escucharse dentro, o para no pensar. Y también para ese día normal, simplemente para despejar. Y para querer, para anhelar… para soñar. Es el cajón de sastre de los sonidos, pues en realidad no puede describirse ni concretarse, una trompeta muy vaga en All blues, un estimulante So what, la compañía del Flamenco sketches, triste es Blue in green, y el swing del bajo en Freddie Freeloader. Y por supuesto, no es exclusivamente su logro, de hecho, sus acompañantes (Julian Cannonball Adderley al saxo alto, Paul Chambers al bajo, Jimmy Cobb con la batería, el saxo tenor de John Coltrane, Bill Evans y Wynton Kelly al piano) hicieron distinto el sonido de Davis, marcaron la diferencia con los otros trabajos del maestro, por eso me gusta este disco y no otros.
En realidad, no es nada extraordinario, pero se viste de especial cuando se hace necesario. Sigo sin comprender cómo pudo vender más que otros, quizá por distinto, o porque dentro de su ritmo débil e inseguro, suena muy redondo; y que hay algo bello e inexplicable, que lo inexplicable es bello…
Disecciones: Miles Davis , música Publicado por innuendo
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6:40 p. m.
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Me dijo en la USSR, y volviendo al antiguo mapamundi me perdí en su inmensidad. Pensé que era improbable que tanta gente estuviera de acuerdo bajo un mismo signo, a no ser que… fuera por la fuerza, claro.
Dijo que haría frío y calor, y comprendí que habría de todo en tal extensión de territorio. Pensé que pasarían kilómetros sin ver un árbol, y que la línea que separa el cielo y la tierra sería tragada por una eterna pradera. Luego habría una elevación, y de nuevo, la vasta estepa, con tantas margaritas que alguna repetiría información genética con otra, las posibilidades se agotaban antes que las flores en la llana meseta.
- ¿Y allí fue lo del romanticismo ruso?
- No, eso fue antes de la USSR.
La decepción salió en mi cara en forma de puchero. Intentó consolarme con Khatchaturian, Stravinsky, y los últimos coletazos de Rachmaninov.
De repente, yo tenía pocos años, menos dientes, y no sabía pronunciar Tchaikovsky. Por eso no le repliqué. Era rubita, los mismos ojos y piel clara. Pasaría inadvertida.
La visita era una revisión sobre los tópicos que tenía en mi mente, validando prejuicios. Me divertía imaginar retorcer aquellos grandes y congelados bigotes estalinistas, a menudo me veía con ellos en la mano. Y frío, dios, qué frío. No me figuraba los tormentosos adagios, livianos allegros con aquel clima. Cavilaba sobre la fluidez de la sangre a aquellas temperaturas. De qué manera vivirían el amor mis adorados compositores, quizá como lo único que abrigara la vida en el devastador paisaje helado. Una de las veces que cenamos en el vagón restaurante, el camarero nos ofreció de manera natural unos tragos de vodka. Mi compañero me animó; yo, escandalizada, balbuceé que era una niña, y él parecía no comprender. Que ya fuera mayor de edad no había que comprenderlo, era una realidad, el pelo que me caía por la cara era un castaño veteado, además de un par de evidencias añadidas. El primero quemó y arrastró a su paso la sensibilidad, de los demás chupitos sólo me quedaba un calor profundo. Dijo que se perdería un rato. Intercambié algunas palabras en inglés con el camarero, el idioma fluía mejor que mi sangre. En sueños siempre me defiendo bien en inglés. Con el vodka como único combustible, trataba de regresar al habitáculo. Iba tan ebria que de haberme fumado un cigarro habría prendido mi cuerpo entero. De todos los pasajeros cuantos me crucé, fue en quien menos me fijé. Amablemente, decliné su fuego. Creo que le dí lástima por llevar un cigarro apagado entre dos dedos cianóticos. Lo que no se veía era lo azulado de mi corazón. Para eso no había fósforos. Por gestos, sin intentar pronunciar una palabra, le ofrecí un trago.
Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que hablábamos el mismo idioma. Tal vez dimos por hecho que pertenecíamos a la USSR que estaba soñando, o que después de aquel mundo onírico no habría más. Su sílaba me dio taquicardia. Para entonces ya nos habíamos mirado, y supe que había llegado a mi destino… pero que era hora de despertar.
Y como tras una pesadilla, me seguía latiendo rápido el corazón. Pero la pesadilla era haber despertado.
Disecciones: emoción , música , Noche , Rachmaninov , Soledad , sueños , Tchaikovsky , tiempo , viaje Publicado por innuendo
Ver un cuerpo y adivinar sus formas curvilíneas bajo las ropas. El deseo. EL DESEO. Por destriparte los principios. Saber lo que eres y piensas, y observar cómo se caen como fichas de dominó, uno a uno, todos los pilares de tu castidad, cómo te chorrea el deseo por la comisura, desbordarte de besos en la boca, boca como herida abierta que rezuma necesidad.
Parecen los últimos momentos de mi alianza con el mal, sabrosa, ardiente acidez, rojo y negro unidos. Velocidad e inconsciencia. Placer y necesidad observados sin recelos. Disposición y ganas por inventar. Hedonismo como principio y fin de mis objetivos. De patadas con los miedos, y bienvenidas sugerencias. Actitudes renovadas y ganas de dar qué hablar.
Escuchar eso de “no te reconozco” me produce una corriente de satisfacción enorme. Tu dolor no me interesa, tu felicidad menos aún. Descubrí que no hacer nada es más que suficiente para joderte. Gracias por darme tanto placer.Y pensar que todo está en mi mente enferma, y que de lo que hablo es sólo la mitad de la mentira, inclina aún más mi cursiva, y me regodeo en bucles fantasmas, tan ajenos a mí. Si tanto te escandalizan mis maneras de pasarlo bien, cámbiate de religión, o continúa siendo el borrego más aleatorio del rebaño. Y si no te gustan mis principios… tengo otros.
Disecciones: Deseo , Noche , Recuerdos Publicado por innuendo
Creo que salió del coche pensando que soy una de las tantas personas que la toman por una chiflada. Y ahora, en este momento, no hay nada de lo que me arrepienta más que no haberle contestado acertadamente, lo justo para que se diera cuenta de que entendí las reminiscencias de sus escasas expresiones, que hablo en su mismo idioma. Porque ahora soy una más de los que la evitaron, o que callaron, que no se opusieron, que no le replicaron. Que ese minuto de trayecto sólo fue para soltarme retazos de su infelicidad, intentó quitarme esperanzas por la vida, y sé que lo hizo sin maldad, sólo habló de su experiencia. Unas palabras como abreviaturas de un lamento, leves, quejosas; colmaron mi concepto de dramatismo con la veracidad del tono con que las pronunciaba. En un minuto me habló de desencanto, de frustración, rendición. Nada, muy breve todo. Se despidió con un Felices fiestas sin sentido ni credibilidad, vacío de estructura, como los ajos vanos; se lo devolví, aun sabiendo su respuesta, la cortesía pudo a la comprensión.
Su soledad era mucho más que la nula compañía que la rodeaba en su caminar solitario, a la hora en que el sol más fuerte daba, en un día en que el frío desestimaba al sol; y con eso bastaba para no hacer lo que hice, asentir a sus quejidos y tomarla por una autostopista más.
No le vi el rostro, llevaba unas gafas oscurecidas por el tímido sol de diciembre, y un pañuelo a la tradición musulmana. Y un bastón.
Por un instante, he imaginado que era yo dentro de bastantes años, y que todo fue fruto de cruzar su presente con el mío en una curva imposible de traducir en las coordenadas del continuo espacio-tiempo. Que todo lo que me dijo sólo eran advertencias, y que ella, o yo, o quien fuera, tenía la certeza de que sólo las escucharía, y que no las tendría en cuenta. Lógicamente, debe ser así, puesto que entonces ni siquiera escribiría estas líneas, y habría abocado su presente a la inexistencia.
Y sin embargo, dijo que Todo es mentira, y yo la creí.
Disecciones: Decadencia , Dolor , navidad , silencio , Soledad , tiempo Publicado por innuendo
