tras la curva


Las ganas de comerte el mundo, la mente visualizando besos veinte minutos después, energía de un amor reciente y tardío, ansiado y agónico. Todo a la vez.
Y un perro en la carretera, también.
Los Muse sonando, las ruedas rodando, la noche oscura, y la vida sorprendiendo. Una vez más. Cada tópico con su pareja, redundante eso de que la vida te da sorpresas.
El vals del coche deslizándose por un asfalto sutilmente húmedo era como un baile que la muerte me brindaba mientras ningún fotograma era proyectado como final de camino. Ningún recuerdo en ese momento, ninguna persona en especial. Bastaba con que la vida se deslizaba sobre las cuatro ruedas del mastodonte.
Constricción total de cada milimétrica fibra muscular.
Antes de que ocurriera más, justo en esa fracción de tiempo, yo ya sabía que todo cambiaría. Es ese momento en que la certeza encumbra a la incertidumbre.
Los cristales rotos sonaban a la vida rompiéndose, entrañas de carrocería alemana arrollándose entre sí, mis entrañas encogiéndose de pánico.
Onomatopeyas infrecuentes. Sonidos no reproducibles.
Olor a metal arrugado, y el miedo hediendo.
Gasoil sangrando, fuga de estabilidad, y lo seguro sólo como palabra a partir de ese momento, ya sólo como palabra, eternamente.
Ahí abrí los ojos.
Oscuridad.
Y mil sensaciones rodeándome, torpedeando a mi mente, incapaz de revolverse en ninguna acción, de resolver ninguna situación.
Esto no puede estar pasando. No, no, no, no, no, no…
Sin dolor, sin rasguños. Ilesa, por fuera. Ayer.

Con cicatrices por dentro. Hoy.
Muchos cambios de por medio.
Y la sensación eterna ya, de que no existe la seguridad. Que ampliar la base de sustentación nunca será suficiente.
Que los Muse pueden seguir sonando, que las ruedas podrán rodar… que la vida sorprenderá, de nuevo, tras cada esquina, tras cada curva, con un nuevo perro al que no querré atropellar.

lunes, 15 de agosto de 2011 a las 10:11 p. m.

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