Olor a tierra mojada

Empezó a llover, y olía a tierra mojada. Reconocí en ello un cambio. La tierra respondía de diferente forma ante esas tímidas gotas, porque ahora eran ellas las tímidas, y no los demás que… a pesar de acudir corriendo a recoger la ropa tendida, ya mirábamos desafiantes al cielo, como diciendo, ya no nos vas a sorprender, ni atemorizar. Con total indiferencia, me puse la capucha de la sudadera y seguí caminando, como si tal cosa, disfrutando del olor a tierra mojada que echaba de menos, pues las lluvias que tanto nos habían aletargado ya lo habían lavado todo, filtrados los aromas hacia lo más profundo del terreno, charcos estériles, sensaciones de libro nuevo, recién salido de la imprenta, y todo por estrenar, nada que contar. Las gotas quedan divididas, tal y como caen, no se reencuentran con otras, son pocas y sin ganas de mojar… se ve que el cielo ordeña con entusiasmo anodino algunas nubes que se apretujan en un momento de mala circulación. No pasa nada, tú por aquí, usted transite por allí, y la congestión se resuelve con brevedad, nada que contar.

Y en esa insignificancia de días y noches, la primavera se abre paso, abandonando costumbres a las que no nos hacíamos del todo (que yo no estoy echa para llevar paraguas, en todo caso para perderlos). Del escuálido melocotonero han surgido unas escandalosas flores rosas, para mí es su tarjeta de visita, y yo le digo que se quede tres meses, intuyo que le ha parecido bien, creo que le dimos tanta pena, que sí, ¡se quedará!




viernes, 19 de marzo de 2010 a las 6:36 p. m.

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