Transformación

De noche, el cielo se vestía de firmamento. Las contadas perlas blancas se convertían en infinitas estrellas. La negrura viraba a oscuridad, y en ella, las sombras no morían, sino que se fundían. Caminar no era sino pasear. Y el deseo por besar no coagulaba, y vertía más y más impulsos a la timidez que bloqueaba mis movimientos, sí, esa ansiedad que alarga tanto el tiempo.
De noche, mi soledad se veía desprovista de todo atrezzo lumínico, y lo poco se transformaba en mucha necesidad, y sus escasos logros se multiplicaban por grandes ofrecimientos. En sus brazos, el cariño era un efímero gerundio, tanto como el presente; pero de noche, eso bastaba.
Llegó el frío y sus físicos estados, pues al aliento lo hace visible, el agua puede romperse en pequeños trozos de hielo, el sol es más valorado que en verano, el rozamiento es vida, y el calor es necesidad. Todo lo leve se hace importante, material y por lo tanto, valorable y rompible. Pues… todo lo que tiene valor, es el hueco que deja al perderlo, pero no el volumen que ocupa al tenerlo.
Llegó el frío, pero no veía las fantasmagóricas formas de su aliento, su encanto se congeló, yo quería más que una caricia, y necesité más calor que un beso. Mucho más calor.
Llegó el frío, y las diferencias se marcaron más, entre mis demandas y sus ofertas una amplia distancia. El mercantilista mundo de las relaciones. Las físicas sensaciones de la insatisfacción.

martes, 5 de enero de 2010 a las 1:50 p. m.

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