Cruel

A medio camino entre el atardecer y anochecer, he querido acelerar la plenitud de la oscuridad, con el jazz sin complejos. Un colega acaricia el viento con el saxofón, luego el pianista, otro tantea el bajo, el batería… incondicionales de mis expresiones más resignadas, apenas los veo desde la barra, hay tanto humo de por medio… tampoco es que me haga falta. De hecho, sólo les tengo en una carátula, y creo que lo de no saberme sus nombres me lo perdonan por escucharles cincuenta años después.

Hoy nada me parece lo suficientemente cruel para contrarrestar esta incómoda situación. El de al lado me interrumpe, dice que si me resultan rígidos estos taburetes, no; amargo quizá el licor, no; que la oscuridad invita demasiado a pensar, no, tampoco, lo de pensar lo traigo de casa; perdió usted dinero, no, si todo fuera eso; y por un segundo piensa realmente qué decir, y enumera el último motivo posible, mujeres ¿verdad?

Cruel, mucho más que una recopilación de los insultos y motes de la infancia; cruel, como los ánimos en mitad de la desesperanza, como una charla compasiva a quien se deja vencer; como una lista de despidos y ascensos a la vez, como una humillación pública, o un discurso sobre la tartamudez.

Cruel es la ilusión que roza de refilón.

Cruel, como el nombre de aquella profesora (qué injusticia llamarte Maripepa), como llamarse Linda y ser fea, como una noche a solas, como la lástima en sí misma, como la muerte del bueno, como una carcajada en un entierro.

Cruel es la ilusión.

jueves, 18 de febrero de 2010 a las 7:21 p. m.

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