Avisé de que podía pasar



Avisé de que podía pasar, me dediqué de filtrar alguna expectativa. Mi invitación personal aparecía continuamente esparcida por las calles. En invierno, esos papeles se conformaron como pasta de celulosa mojada, taponando alcantarillas, ensuciando, estorbando. Nadie se lo creía. Me equivoqué de diseño, de palabras, y la mayoría de veces, de fecha. O quizá es que me había equivocado de sueño. Avisé… avisé tanto que dejó de tener importancia. Usé las comillas, la cursiva, la mayúscula y signos exclamativos. Mis recursos resultaron fútiles. Mis esfuerzos forzaron a los incrédulos. Esto, después de tanto tiempo, ya no tendría interés, que nadie viraría la mirada hacia mi bandera del triunfo. Guardaba una frase, algunas canciones para esta ocasión. Chupinazos. Bravos y júbilos. Pasé unos meses en los que bajé mi umbral para con la humildad. Me reconcilié con temas pendientes. Aprendí a callar aún más. A disfrutar obligatoriamente del silencio. A disfrutar, sin adverbios, del silencio. Aprendí. A dejar de lado venganzas. Tomarme la superación como un acto de lo más deportivo. Amar por lo bajini. Sonreír y buscar mis alternativas. A crearme y creerme mi propia suerte, esa a la que no se pueden evadir las quejas del gesto roñoso de la pereza. Creí en una sola frase, la de mi madre. Renace de tus cenizas. Ahí van todas mis sonrisas. Porque no hay nada más espléndido que encontrar la carcajada entre mis ruinas. Pocos, escasísimos protagonistas, atrezzo el de hace ya siete… SIETE años. Siete años en la medicina. Y ya no más. Aprendí lo que me dijeron que aprendiera. Yo esculqué más allá, y no solo aprendí lo que más allá encontré, sino que son esos apuntes que no se pueden quemar, esas experiencias ausentes de créditos universitarios, las que no van en diapositivas, todas esas notas que no pude tomar de los inútiles profesores asociados y de soberbios catedráticos. Soy lo que quise conseguir y no por la gracia de dios, ni por la acción de algún favor, ni por los llamados “regalos” de esta, mi querida, facultad de medicina de Córdoba. Soy no sólo lo que la vida me ha dejado ser, he luchado para alcanzar lo que no se me ofrecía, lo que tú no creías. Me robabas la esperanza sin saberlo con tus dudas escritas en tu manera de animarme, esa manera de animarme… Con comparaciones, y la decepción impresa en tu mirada, mi manera de No Triunfar. Mis siete años no son siete, sino seis más uno de profunda vergüenza, de abismo para conmigo misma y con el resto. Tuve que luchar contra las balas anónimas del hartazgo, y poner a esas heridas unos parches de mi esperanza, y mi esperanza cubriendo la baja confianza de los demás, estirada, convertida en fina capa. Oscilaciones. Una línea basal trémula ante pequeños cambios. Estudiar medicina es en sí mismo la Yatrogenia. Y al mismo tiempo, la yatrogenia es mi manera dulce de autodestruirme, en esa pequeña lucha interna de cada día. Sólo pasé de etapa, con prórroga añadida, pero sigue habiendo mucho camino por recorrer en el mismo sentido. Es lo que he elegido, el sueño es mío, aunque la medalla es compartida.
Avisé de que podía pasar… y ha pasado.
CHÚPATE ÉSA, COYOTE ESPACIAL.

jueves, 15 de julio de 2010 a las 11:06 a. m.

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