Especialmente: y ahora el palo sobre la cabra


Venga, disuélvete en las aguas templadas de la delicadeza. Son cálidas, ajustadas a tus ganas de mi verborrea pastelera. Qué bien que decidimos ser de mundos distintos. Aléjate, no vaya a ser que te roce. O que te mire, que te hable, que te palpe, escudriñe, adivine… Te vas. Vuelves, con ganas de más. Oh, vamos, si ya sabía de tus artes gatunas, pero… ya sabes, me dan angustia los gatos, sus restregones me dan asco, me da… me repulsa el pelaje con que te escurres entre mis piernas, describes el símbolo de infinito entre ellas una y otra vez, no te cansas, yo me dejo hacer, describes, dibujas, dices, escribes, vibras, saltas… pero nada queda tras tu función de magia. Y con las explicaciones a medias, te esfumas, al espolvorear polvos picapica, se te había acabado el efecto humo; toso y lloro sin sentir. Tengo la rima como restos de comida entre los dientes, no consigo hablar correctamente, todo lleva un par de vocales para conseguir versos pares. Hazme un truco de los tuyos, para hacer explotar mi vocabulario, que tengo ansiedad por tus verbos randomizados, dime cómo lo logro, cómo lo hago… para recordarte como frases sueltas desde el anonimato. Dime cómo lo logro, cómo lo hago, para escribir sin que te aludas, explícame porqué con sólo una letra, cambio aludir por eludir, significando lo contrario. Qué me traes, sólo pistas falsas de deducciones sobre tus supuestas maneras de ser. Hum… misterio. Te iba a pedir un bis de tu función final espectacular, pero no haces caso al público que te pagó por hacer lo que queríamos de ti. Sé libre. Es mi consejo. Es tu deseo. Esta vez, hazte el truco a ti, y comprobarás que no sirve como realidad. Yo ya no pago más por verte, lo que cualquiera me ofrece sin el etiquetado “especial”.  

martes, 20 de julio de 2010 a las 9:52 a. m.

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