Don't disturb, only masturb


No era lo más acertado. Pero nada podía sonar más melódico que los Guns, cuando le rodaban lágrimas. Le habría gustado más unos besos, un abrazo simultáneo, un orgasmo acompañado. Pero la soledad se intensifica cuando todo salta por los aires. Era su previsible caja de las sorpresas. Estallar sin que nadie lo advierta.

Aún con una alta concentración de endorfinas en sangre, el verdadero placer era la cálida lágrima recién segregada descubriendo la gravedad, mejilla abajo, siguiendo regueros de antecesoras perdidas en la fugacidad de una caída libre, hacia el fondo de ninguna cuestión. Rota la barrera, todo era llorar. Y como todos los líquidos, invertía en su reflejo la realidad, y como todas las veces, nadie quiso reflejarse en esa refracción de sentimientos.

- Aquí me tienes, libre de piel y corazón. Anulé todas las aferencias, dije que no nos molestaran, y transformaré las eferencias, así que perdón por tocarte de esta manera.

Es esto lo que querías, ¿verdad?

Todo estaba abierto salvo su mente. Fue el miedo lo que la penetró.

Un bramido masculino la comprimió contra la pared, hacia arriba, y su cabeza chocó contra el cielo, vía rápida de ascenso… por ahí entre los papeles tenía apuntado en un post it los polvos/minuto que hay en todo el mundo.

- No me gusta tu lenguaje, muchachita.

Espera, dímelo ayer, que es cuando me hacía efecto.

Dicen que se le dilataron tanto las pupilas que ya jamás volvió a tener color de ojos. Ya nadie recuerda cómo era su iris. Ni su sonrisa. Ni su mirar limpio.

Sucio, el sonido de una guitarra frotada con celeridad. Expansivo, como el estornudo del tuberculoso. Incompleto, expansivo y sucio, como un bufido de un gato mellado, sucio y anómalo el rugido del saxofón de un Barbieri que no quería más que jodiera.

- Pero de eso se trata, ¿no?

De joder. De probar. De abastecer la necesidad. Y así es ese animal mugriento retozando entre el sudor del sexo.

- No me gusta tu lenguaje… señorita.

Espera, cuéntamelo mañana, que ya no estaré.

Le salió un – hazme feliz -. Se arrepintió de lo dicho, y mordió el cuello para arrancar de la otra mente la petición. Volvían a endurecerse los deseos, a afilarse caricias en arañazos, corazones a punto del vuelco, y nada compartido, todo individual, nada prolongado, todo temporal.

- Pero es eso lo que querías, ¿no?

Y durante el no mirarse de dos cuerpos en posición tangencial, mientras ese placer entendido desde lo transitorio y provisional, los esfuerzos surtieron efecto, y de tanto reprimir miradas y sentimientos, nada más nació. ¡Muerte a las coseduras! La jodienda salió gratis y libre de impuestos, ¡enhorabuena!

El Tiempo hizo del acto, la repetición; y de su frecuencia, una costumbre; y de matar sentimientos por una vez, un genocidio global. Silencio en el registro. Y cuando algo que supuestamente debería ser ruidoso… la nulidad en su sonido hace temblar, pero no de espasmos orgásmicos, sino de terror… horror sepulcral, porque algo ha muerto, y se está pudriendo, y lo podrido huele muy mal.

Todos andan buscando un cadáver. Sólo ella sabe que ha vuelto a su estado original, que no hay más que buscar, que la maldición se hizo realidad. Unos dicen que perdió la inocencia… no, es algo más.

Ni las lágrimas que aún se siguen vertiendo pueden arrastrar algo desde dentro. Quizá es que ya no haya nada que arrastrar.

domingo, 25 de abril de 2010 a las 1:33 a. m.

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