Portugal III (Coimbra-Fátima)

COIMBRA / FATIMA

Por intuición, y porque unos rótulos la asociaban a la oficina de turismo, fuimos directos (término relativo en nuestras andanzas) a la universidad. Ocupan gran parte del casco antiguo. Yo no lo sabía, pero fue una de las mejores de Europa, y de esa fama se entiende su enorme peso en el conjunto patrimonial de la ciudad. Pero no la visitamos como debiéramos. Habíamos pensado dedicarle poco tiempo, media mañana, a Coimbra. Y deduje, de lo poco que vimos, y todo lo que había en el callejero, que se podía echar allí un día entero. En la ofi de turismo, en el hall de la biblioteca de la universidad, nos invitaron a callejear, pasar por la zona comercial, y cruzar al otro lado del río mondongo (Mondego). El día no acompañaba, llovía de manera intermitente, apenas dos claros, y venteando. Desde la universidad, todo es bajar, bajar, bajar… Claro, bajar para subir. Algunos pasajes están en obras (será el Plan P), y se hacían incómodas las estrechuras provisionales. Llovía y todo se fastidia. Apenas un par de fotos. Sé Velha o lo que yo intuyo como catedral; las dos mitades de una descomunal almeja-ostra o un monstruo marino parecido, cada mitad hacía de útil recipiente del agua bendita… la toqué, le hice una foto, pero sigo sin poder creerme que exista una almeja tan grande.

Sin detenernos pasamos por la calle más comercial, adoquines mojados. Cruzamos el puente de Sta. Clara, el de turismo nos dijo que más allá hay dos conventos, uno viejo y otro más nuevo, que se llaman igual. Hay una bonita vista desde ese lado del río hacia la ciudad.

Al volver, nos tomamos un café bombón por 0.90€ que nos sentó como si fuera gratis (ays, gratis, maravillosa palabra). Subir, subir, subir. Adoquines mojados y resbaladizos. Recuerdo el último tramo de repecho, ya casi en la universidad, y otra subida sin aliento, ya en el Palacio da Pena, en Sintra. Creo que no ponen el porcentaje de pendiente, porque entonces tendrían que prohibir subir.

Nos quedamos con ganas de entrar al jardín botánico, y a unos jardines de la avda. Sa bandeira.

Sé que no soy justa en esta parte del viaje, pero de camino a Fátima, se me hinchó la vena laica, progresista, anticatolicismo y revolucionaria. De pensar lo que me esperaba allí, milagros y ensalzamiento de hechos por probar… Lugar de mercadeo de almas, un pueblo volcado hacia el tirón turístico, y dinero corriendo por todas partes como medio para estar más cerquita de dios.


Pero me equivoqué. En parte, pero reconozco que erré en mis suposiciones. Me sorprendió que no hubiera que pagar en ningún lugar para acceder al santuario, y que a lo largo del recorrido no vendieran nada; han dejado el comercio fuera del santuario, eso sí, nada más salir de sus inmediaciones ya hay tiendas con virgencitas expuestas, pero dentro del santo emplazamiento no se vende nada, salvo las velas, si es que se pretende hacer promesas (¿hacer o pedir promesas? No sé qué verbo se utiliza). Era lunes, a una intempestiva hora de sobremesa, y llovía. Así que no había apenas gente. La iglesia del santuario me pareció soberbia, estilo neogótico de una altura que hace chocar el occipital con la espalda. También hay un pequeño espacio techado con bancos donde también rezan. Al lado está el lugar provisto para colocar las velas que simbolizan promesas, pones una y las demás las tienes que tirar a la fogata, porque como quieren hacer entender los carteles, no todo el mundo puede poner todas sus promesas a velar, pero aclaran que cada promesa será escuchada.

A pesar de llevar un par de días en otro país, fue en ese momento cuando me sentí en tierra extraña. Porque no son las costumbres lo que nos hacen tan diferentes, nos parecemos mucho los portugueses y españoles, somos ibéricos… pero el pensamiento entre católicos y no católicos sí volvió a abrir brechas.

Tenía el cuerpo cortado, por los pies mojados, frío por el viento, y una sensación de estar fuera de sitio. Comimos conversando para olvidar por un momento la brisa penetrante que corría. Una vez de camino a Lisboa, tras haberme cambiado de calcetines y zapatillas, me di cuenta que no pude alejarme más mentalmente de aquel sitio, mientras estuve pisando sus mármoles. Somos irreconciliables, pero me agradó comprobar que está alejado justamente del comercio. Porque sigo sin comprender porqué el cobijo de las almas tiene que estar rodeado de oro y mármol. Sigo pensando que el hombre es lo que estropea la idea de que exista algún dios. Que la religión es incompatible con la fe en dios.

Una curiosidad. Algo que nos llamó la atención, leyendo los folletos que nos ofrecieron en el santuario, sobre cómo se desarrollaron las apariciones de la virgen. Eran tres hermanos, chiquillos de no más de diez años cuando aquello sucedió. Dos de ellos murieron al poco tiempo de enfermedades que no citan. Sólo una sobrevivió, y se hizo monja. Está claro que ver a una virgen hace que estemos más cerca de dios, terriblemente cerca.


martes, 20 de abril de 2010 a las 3:30 p. m.

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