Par y negro

Hubo tanta fricción que se llevó parte de mi piel, mis células muertas queriendo desprenderse, sus ganas por llevarse algo de alguien y añadirlo a su colección. Puede decirse que nos renovamos… o que caímos en el más primitivo deseo, en el más antiguo de nuestros errores… y a pesar de ello, hubo algo nuevo. Mis ganas por apostar.

Recuerdo que en la ruleta solía apostar por negro y par. Era la apuesta más cobarde de todas las de la mesa. Pero podía pasar así toda una partida, hasta que los demás absorbían las ganancias de otros, mientras los contrarios se dedicaban a luchar contra la banca, contra la suerte, contra ellos mismos y su codicia. Mientras crecían o morían sus capitales, yo jugaba a mi par y negro, cantidades moderadas, y mi estado económico variaba, imperceptible para aquellos que aspiraban al éxito y su nunca famosa sombra de fracaso. Mi escasa implicación duraba hasta que se cansaban los demás; hice de la resistencia ante los envites de la fortuna mi mejor baza. La estabilidad era mi única ambición, y el miedo a perder era siempre superior a otro deseo. Ser discreta era mi manera de acompañarme de la suerte, de crear mi propia línea dentro de todos los posibles destinos. Éramos todos unos críos, y a cualquier psicólogo le habría interesado seguir nuestras partidas para realizar un estudio. Porque el perfil de aquellos días se mantiene hoy.

Por eso, esa noche mis ganas por apostar resultaron un elemento desestabilizador. Con mis palabras flotando por el ambiente, como partículas de polvo tras la agitación, ya no supimos dónde ni cómo dar los besos.

Solo dije: todo al 4 (que es par y negro).

Se me acojonó, y me miró como un crupier extrañando a un jugador que llevaba allí toda la partida. Como diciendo – ah, pero ¿ahí estabas? -. Y sin saber cómo contrarrestar mi farol, detuvo esa partida y empezamos otro juego distinto, una ronda de penaltis, golpes secos contra mi seguridad, que aguanté estoicamente con una sonrisa pétrea y provocativa.

Por explicación a todo, únicamente comenté que no era por ganar, sino que…

- hoy me apetecía verte perder -.

miércoles, 21 de abril de 2010 a las 5:26 p. m.

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