Songs for distingué lovers (apuntes de autocontrol fallido)






Hasta hacía poco fue un disco bastante ignorado. Todavía no nos habíamos conocido, y la forma con que Billie Holiday maltrataba los estándares del jazz con su voz imprevisible no tenía cabida aún en mi perfecto mundo de raya diplomática. Creo que a la gente como ella siempre le ha gustado trastocar la cuadrícula de los que lo entendemos todo por trigonometría. Sí. Debe ser un gustazo, romper los muchos cuadraditos superpuestos en nuestra realidad, la malla en la que se sustenta nuestras gráficas, o las etiquetas que ayudan a clasificar todo de la A a la Z, en orden creciente, y por antigüedad. Sí. Qué sensación, vernos tambalearnos en una superficie sin estadísticas, sin limpias líneas, borroso y emborronado, de sonidos sucios, de cercos de sudor en las camisas, de surcos bajo la taza de café.

Estuvo probando mi umbral de histeria, cuando no sólo toqueteó, sino que cogió y volvió a poner en un lugar que NO era el suyo, varios discos de mi colección. La aleatoriedad de su punto de atención era digna de ser ejemplo en cualquier muestreo para encuestar. Esperé. Bueno, con franqueza, conté. Conté hasta catorce, porque me sonrió cuando llegaba al diez. Y no iba a pararme en el trece, número primo, ni en el quince, que es impar. Los pares son perfectamente parejos. Simpáticos de por sí, no necesitan hacer gran cosa para conquistar… ya tienen su compañero si los divides entre dos. Perfectos. Y catorce. Me rasqué la cabeza, me pasé la mano por la nuca, relinché, carraspeé, y todo a la vez, mientras notaba como una corriente de flujo bilioso ascendía por mi tubo digestivo, ulcerando mi templanza. Era el que tenía en sus manos en ese momento – ¿te parece que lo pongamos? Está muy bien -. Creo que vio en mi cara la ansiedad porque acabara su tonteo con mis discos. – Vale… Así me instruyes en esto del jazz -.

Le venía como anillo al dedo: el be bop como desorden melódico, los caóticos agudos sin terminar de Billie, y la chulería como actitud general. Pero eso no se lo dije. Sonaba en estricto azar el orden de las canciones… porque a pesar de todo, nunca me ha gustado saber qué viene después. Sonaba, y descubría otra vez las razones por las que no era un disco frecuentado, y como novedad, me daba cuenta de que había algo mágico en haber puesto finalmente ese disco. Tiempo después he pensado en un disco más oportuno para aquella ocasión, y no lo hay.

Y le conté ese tipo de detalles que sabemos la gente retraída, que por falta de agilidad social se sumerge en aficiones solitarias: - para saber si algo que suena tiene swing, mírate los pies; si los estás moviendo al son de la música, es que es swing -. Al acabar la frase, me sentí muy mal. Joe, a este ritmo no tendré nada que decirle en una próxima vez, sabrá demasiado como para querer saber más, ya no tendré nada que enseñarle, y no sentirá la mínima curiosidad por quedar otro día.

Y llegó ese temido momento en que al hablar, empecé a fijarme en sus ojos. No soy persona de hacer dos cosas a la vez. O hablo/escucho, o miro a los ojos, pero eso de atender y abstraerme en unos ojos ha sido siempre incompatible. Cuando unos ojos empiezan a tener entidad por sí mismos, ya se acabó mi participación en el diálogo. Y es justo ese momento en que mi mirada se va de un ojo a otro, como si cada uno se mereciera unos segundos de total atención, no sé por cuál decidirme para no quedarme bizca, y soy incapaz de conjugar la mirada de manera normal. ¿Cuál es la consecuencia directa de esto? Pues que mi mirada rebota de tanta indecisión hacia la boca, dos labios pero dispuestos uno sobre otro, nada de lateralidad…

Me di cuenta de que llevaba como medio minuto sin escuchar, mi mundo interno es un pedregoso y laberíntico curso de pensamientos enlazados que…

- ¿Tú qué crees?

- Ehm… pues no sé qué decirte.

Creo que le inspiré lástima. Me perdonó la vida y siguió hablando. Sin ser muy consciente, permití con mi pasividad que dominara la conversación, que la desviara a preguntas íntimas, que yo tuviera que hacer uso de mi sonrisa con más frecuencia para eludir esa intimidad.

Todo o nada, es el punto de inflexión cuando Billie llamó… clamó por un roce, y cuando las manos se rozan: o se vuelven a rozar y después a tomar, o se disculpan las bocas con celeridad y ya cada cual acciona el radar interno de movimientos, ése que desvía la trayectoria de la mano cuando detecta una posible colisión. El ambiente se había alejado tanto de mi control, que empecé a tartamudear… aquello no era ni excusa por habernos rozado, ni un intento por evitarlo de nuevo.

Y sí, ésa era su victoria. Era como Billie, disfrutaba de verme desmoronarme en mi esqueleto rígido de paciencia y autocontrol. Todo había sido tan aleatorio, que ya había perdido la pista, no me daba tiempo a hacer ecuaciones para dar una buena respuesta. Me tomó la mano con calidez, y por orden de secuencia, me empezó a temblar la mano, me puse colorada, me mojé y me dio la tos. Qué caos de respuesta multisistémica. Para tranquilizarme (¡para tranquilizarme!) me cogió la otra mano también. Sé, bueno, mejor dicho, he leído que aparte de contar hasta diez, se puede hacer una inspiración profunda para mantener la calma. La hice, y sonó un suspiro sin más remedio por echar todo ese aire, creo que atraje hasta las paredes de la habitación. Seguía colorada y mojada, pero el temblor se convirtió en un suave movimiento, creo que lo llaman caricia.

- Deja de aprender por un momento.

Me dejó de una pieza. Decidí hacerle caso, así que hasta aquí estuve tomando nota. Lo demás no lo apunté.

jueves, 15 de abril de 2010 a las 5:44 p. m.

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