USSR

Me dijo en la USSR, y volviendo al antiguo mapamundi me perdí en su inmensidad. Pensé que era improbable que tanta gente estuviera de acuerdo bajo un mismo signo, a no ser que… fuera por la fuerza, claro.
Dijo que haría frío y calor, y comprendí que habría de todo en tal extensión de territorio. Pensé que pasarían kilómetros sin ver un árbol, y que la línea que separa el cielo y la tierra sería tragada por una eterna pradera. Luego habría una elevación, y de nuevo, la vasta estepa, con tantas margaritas que alguna repetiría información genética con otra, las posibilidades se agotaban antes que las flores en la llana meseta.
- ¿Y allí fue lo del romanticismo ruso?
- No, eso fue antes de la USSR.
La decepción salió en mi cara en forma de puchero. Intentó consolarme con Khatchaturian, Stravinsky, y los últimos coletazos de Rachmaninov.
De repente, yo tenía pocos años, menos dientes, y no sabía pronunciar Tchaikovsky. Por eso no le repliqué. Era rubita, los mismos ojos y piel clara. Pasaría inadvertida.
La visita era una revisión sobre los tópicos que tenía en mi mente, validando prejuicios. Me divertía imaginar retorcer aquellos grandes y congelados bigotes estalinistas, a menudo me veía con ellos en la mano. Y frío, dios, qué frío. No me figuraba los tormentosos adagios, livianos allegros con aquel clima. Cavilaba sobre la fluidez de la sangre a aquellas temperaturas. De qué manera vivirían el amor mis adorados compositores, quizá como lo único que abrigara la vida en el devastador paisaje helado. Una de las veces que cenamos en el vagón restaurante, el camarero nos ofreció de manera natural unos tragos de vodka. Mi compañero me animó; yo, escandalizada, balbuceé que era una niña, y él parecía no comprender. Que ya fuera mayor de edad no había que comprenderlo, era una realidad, el pelo que me caía por la cara era un castaño veteado, además de un par de evidencias añadidas. El primero quemó y arrastró a su paso la sensibilidad, de los demás chupitos sólo me quedaba un calor profundo. Dijo que se perdería un rato. Intercambié algunas palabras en inglés con el camarero, el idioma fluía mejor que mi sangre. En sueños siempre me defiendo bien en inglés. Con el vodka como único combustible, trataba de regresar al habitáculo. Iba tan ebria que de haberme fumado un cigarro habría prendido mi cuerpo entero. De todos los pasajeros cuantos me crucé, fue en quien menos me fijé. Amablemente, decliné su fuego. Creo que le dí lástima por llevar un cigarro apagado entre dos dedos cianóticos. Lo que no se veía era lo azulado de mi corazón. Para eso no había fósforos. Por gestos, sin intentar pronunciar una palabra, le ofrecí un trago.
Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que hablábamos el mismo idioma. Tal vez dimos por hecho que pertenecíamos a la USSR que estaba soñando, o que después de aquel mundo onírico no habría más. Su sílaba me dio taquicardia. Para entonces ya nos habíamos mirado, y supe que había llegado a mi destino… pero que era hora de despertar.
Y como tras una pesadilla, me seguía latiendo rápido el corazón. Pero la pesadilla era haber despertado.

jueves, 24 de diciembre de 2009 a las 3:53 p. m.

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