Tchaikovsky

Era homosexual. Pero bueno, eso da igual, ¿no?
En resumidas cuentas, su vida fue un tormento; por un lado, el forzoso ejercicio de aparentar en su época (y en ésta, imagino), la épica decisión de casarse con una mujer, que terminó odiando con todo su corazón; y, por otro lado, sus sentimientos verdaderos, inevitables, encauzarlos de tal manera que pudiera controlar y modular su expresión hacia otros hombres.
Su obra está impregnada de vendavales de contradicción, emociones convertidas en tornados de notas, que retuercen el sentido. Alternando el más delicado roce de las cuerdas del violín, con la violenta descarga de toda la orquesta, cayendo en peso sobre la sensibilidad, expuesta anteriormente por un solo de violín.
Eso es Tchaikovsky.
Estira el momento del violín, su protagonismo sobre el tiempo, deteniendo su curso, la sensación se emancipa de lo temporal; hipnotiza, como el encantador a la serpiente, nos despoja de voluntad, y así arrastra al que recibe el sonido hacia la nube más esponjosa del cielo más azul y soleado que jamás te haya acogido.
Y es tan minucioso y fino el movimiento que se cuela entre las estrechas rendijas de la coraza del que dijo que jamás volvería a sentir; se infiltra como el agua en la roca; y como morfina, sume en un estado de sedación al individuo ante el estrés, la angustia, el Problema; y justo en ese instante tan placentero, vuelca toda la intensidad de un ejército de demoledoras notas sobre cada fibra en que se coló el tímido violín, produce una contracción, y un temblor recorre todo el cuerpo; al unísono, la onda de sonido se torna furia, y se hace tangible la lucha sangrienta de un violín contra toda la orquesta, cruce de preguntas y respuestas, encarnecida batalla de cuerdas.
¿Qué pretendía el compositor? ¿Qué quería expresar? Eso hoy es lo de menos, como insulsa es mi descripción. Cada uno tiene una percepción. Pero lo que yo me había propuesto es limpiar la música clásica de adjetivos como “aburrida”, “somnífera” o “inaccesible”, desligarla de ambientes exclusivos, cultos o lo que una mente retorcida quiera llamarlo. Y es esto para la música clásica, para la música en general, y si me apuran, para el arte en su totalidad.
El arte es lo que quiso expresar su autor, lo que supone en su ambiente, cómo es comprendido en sus circunstancias, de qué condiciones socio-político-económicas estaba rodeado; pero aparte de todo lo que envuelve al origen del mensaje (que es ese cuadro, esa canción, fotografía, edificio, película, letras, danza… ) está el componente del que lo recibe, tú, el que escucha, ve, toca o siente por donde quiera que penetre el arte a su alma, todo lo que provoca está modulado por el contexto del momento en que se produce el contacto. El resultado puede ser estimado, por quien habla de música buena o mala, por ejemplo. Pero la sensación final es tan caprichosa que se escapa a pronósticos, y el que te recomienda algo fabuloso puede equivocarse de destinatario. Mi intención no es decir que esta pieza es la mejor del mundo, sino desmitificar la música clásica, el jazz y otros géneros asociados a lo elitista; separar, en la mente del que me lea, la imagen de salones barrocos y gente de conversación soporífera, de piezas únicas, mágicas, que infunden en el ánimo del que escucha algo especial e irrepetible, que otro estímulo no podrá desencadenar, sólo esa obra.
El Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky sólo es un ejemplo. De hecho, lo he escogido por lo mucho que me origina, pero si tuviera que elegir lo que más me gusta que este autor, sin duda, el Concierto para piano y orquesta nº 1, pero es tal la magnitud de las emociones, que me rindo al silencio y entonces sí, mi mano se retira de escribir.

martes, 22 de septiembre de 2009 a las 6:37 p. m.

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