Dimes y diretes

Quisiera decir cosas y que no fuera yo quien las dijera, que no me giraran la cabeza cuando se pronunciasen… sólo es pura necesidad de decirlas. A veces me gustaría decir cosas que ya salieron de los labios de otros, me las robaron y ya no las diría, por el hecho de haber sido dichas. Otras veces, no dispongo de todo el tiempo que quisiera para pensarlas y poder decirlas; y sin embargo, hay palabras tras largos silencios pensados, con prolongadas pausas entre ellas, dejando un inquietante silencio después. Hay frases rápidas, unas por no dejar espacios para pensar y atolondrar al que escucha, otras por una verborrea que liquida la atención del que escucha, atropellado como en las colisiones en cadena, entre palabra y palabra.
La expectación que solicitaba antes, por amor propio, por sentirme leída, ni mucho menos comprendida, nada más lejos que admirada, hoy esa sensación ya no va sola, y entiendo que va a la par de la presión, no por mejorar, sino por cuidarme de poner mi carne en este fuego, porque hay quien desea ver algo verdadero con tal de comérselo, y bien es cierto que somos prisioneros de nuestras palabras, y así me siento yo hoy, presa de lo digo, y se pueda interpretar.
Dado que no puedo influir en el grado de madurez del que no quiere madurar, ahí dejo a los que quieran permanecer en el País de Nunca Jamás, con sus pataletas y su sentimentalismo barato, sin querer hacer daño, pero no puedo evitar que se pinchen con un cactus.

sábado, 3 de octubre de 2009 a las 6:08 p. m.

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