A tu espalda

Sin ser consciente me vi con las manos pegadas en tu espalda, mezcladas con tu carne. Mientras te acariciaba, lo que para ti era relajante, a mí me flagelaba el espíritu, reprimiendo el avance a zonas impúdicas; me inflamaba tu cercanía, y lejos de detener aquella locura de tocarte, me propuse acortar distancias, probándome el aguante de no morir de gusto allí mismo. Se me alteró el vivir. Necesitaba expulsar poco a poco el aire, porque de pronto todos los ruidos se amplificaron, pensé que el corazón explotaría a borbotones de placer. No decías nada. Y yo solo tragaba saliva, por evitarte la satisfacción de escucharme entregada. Tú sólo te dejabas hacer. En tu nuca profesé todo tipo de calumnias por sentir que la voluntad se me diluía en el deseo… El Deseo. Como los últimos atisbos de cordura, como patadas al aire, como dejarse ganar… Hundía sin descanso mi cara en tu pelo, llenándome de ti, absorbiendo la letalidad de tu encanto, ya casi rozando mis labios por donde pasaba, arrastrando saliva que desbordaba mi boca, para tratar de digerir tanto impulso. Dilataba mis movimientos, por entonces descoordinados, sin estrategia, me quemaban las manos… pensé estrujarte, exprimirte, retorcerte la frialdad que enmudecía tus sonidos, marcarte con mis dedos cada trozo de piel hasta hacerte chillar de placer o de dolor… es lo mismo. Besarte fue por no morderte, y finalmente comprendí que no había manera humana de explotar la burbuja que había inflado a base de suspiros. Opté por abrazarte, y hacer como que miraba en la misma dirección que tú, cuando en realidad no veía nada, una espesa capa de “cerrar los ojos” me impedía adivinar lo que había más allá de tu cuerpo. Tampoco es que me importara, el mundo me daba igual, yo ya me había consumido. Y sin decir nada, todo estaba dicho.

sábado, 3 de octubre de 2009 a las 5:15 p. m.

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