Un último trago

El tango se perpetúa por el desliz del bandoneón. Pero ya no me recuerda a sus sinuosos movimientos, es fabuloso esto del Tiempo.
Los gestos perdidos entre sus amagos e intentos, todo queda en ademanes; intenciones exhaladas al aire, qué lejos de poder ser hoy recordadas, si las piedras sólo me las puso para tropezar y no las grabó, a dónde las reenvío, por no decir… a dónde tirárselas.
Es igual. Escribo por rellenar, cosas que sólo salen arrancadas, a bocados, de la carne tatuada, con sus nombres, fechas y lugares.
Porque bien es sabido que el tango en pleno proceso de no recordar, sólo es tintado de rutina, normalidad; o empapelado (como mejor gusten las paredes) de papel blanco con líneas verticales en negro, encarcelando antiguos sentimientos. El tango que pretende escapar del pasado que no quiere ser añorado, que se mezcle con licor y todo puro en un vaso con hielo (mezclado, no agitado), a sorbitos pequeños, entre leves caladas de un cigarro prestado. Paladeado lentamente, no como se hacen los besos, sino como son recordados. Por última vez… recordados sólo una última vez. Beber del licor sólo hasta apurar este último trago. Y ya después no más, ¿sí? Y cuando me embriague de mis experiencias vividas, ahora saboreadas (sí, sí, por última vez… sólo una última vez, por favor) entonces me daré a confundir el tacto del vaso con sus labios, el líquido con saliva, el calor del alcohol con su calidez.
¿Mañana? La resaca será tal que no podré recordar nada. ¿Nada? ¡Camarero! Un poco más de Tiempo, por favor.

jueves, 22 de octubre de 2009 a las 11:46 a. m.

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