Cuatro ruedas y un perdigón

Me pregunto qué habrá sido de la perdiz que anoche sobrepasé en la carretera. … ¿Seguirá viva?

El veneno que llevaba dentro me tenía sumida en un estado de sonambulismo, de autómata al volante. Poco a poco, había tomado demasiado de la esencia mezclada en su saliva, y rompiéndonos los labios, con ánimo de destrozarnos la carne en vida, me emborraché del brebaje maldito… ése que todo lo toca y transforma, a mi espíritu inunda de transgresión, y el rojo de mi sangre se tiñe de su viscosa oscuridad, detiene el curso normal de las cosas… lejos, muy lejos de mi sentido estricto. Cerca, muy cerca del punto de No Retorno.
Mis manos sabían el camino a casa y con eso ya resolvían parte del problema. Pero quién me devolvía al magma donde quería sumergirme; frío o caliente, el resto de mi cuerpo nadaba de gusto con vaivenes bailados sin música, apenas guiados por suspiros de pulmones agotados. No sé cómo no me ahogué, porque en ningún momento me preocupé por respirar, sólo me desinflaba más y más, en forma de aliento en su oreja, de bufidos a sus espaldas, de gemidos insonorizados, de boca a boca, entre ola y ola. La vista empañada, o quizás las gafas que no llevaba, o los cristales que no miraba. El caso era lo difuso que estaba todo, la ausencia de líneas, todos los colores reunidos en el negro y grises muy próximos.
Lo confuso de ver sin reconocer, de ser sin querer, de caer sin doler, poder y no hacer, y finalmente hacer: humedecer, emerger, verter, beber, lamer, morder, encender, arder, poseer, …y todo a la vez, satisfacer, yacer y desfallecer… de placer.

De pronto, y no sé cómo, la vi. Me encontré con que los cristales eran negros, más negra la noche, oscura la carretera, y mucho más mi mirada, que apenas detectó el ave, que en décima de segundo deduje que sólo pasaba por allí, y en la siguiente porción de tiempo recurrí a dioses, estrellas fugaces y deseos apaga-velas para hacer coincidir al pobre bicho entre rueda y rueda, y con mi cuerpo preparado para un, más que probable, salto que nada amortiguaría. Afortunadamente, nada sentí más allá que otro tramo de asfalto, liso y sin incidencias. Quizás le destrozara la cabeza, o simplemente le induje un infarto de corazón de perdiz, por eso me pregunto por la suerte que corrió el ave.
Será que hoy prefiero pensar en el dichoso animal, en el exacto punto kilométrico, en el preciso acorde de la canción, en cualquier tonalidad del negro que lo envolvía todo. Que nada más pasó esa noche, [[…y todo a la vez, satisfacer, yacer y desfallecer… de placer]] sólo un perdigón por mi camino.


sábado, 3 de octubre de 2009 a las 3:53 p. m.

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